CUANDO NO SABES DÓNDE PONER LA MANO
Siempre fui niño introvertido; aun así era imposible mantenerme quieto. Me gustaba jugar, subir a árboles, andar sobre los techos, montar en patineta, en patines, y cuantos juegos pudieran satisfacer la adrenalina y la euforia de un niño de nueve años. Como te imaginarás, tengo cicatrices en mi cuerpo que me recuerdan cuán aventurero fui.
Cada vez que me caía, era imposible ignorar el dolor, así que me quedaba ahí, pasando la mano una y otra vez sobre el golpe, apretando, buscando que el dolor cediera. Me rompí la cabeza más de una vez. Pero lo curioso es que siempre deseaba curarme pronto para continuar la aventura. Las heridas eran parte del juego. Sabías que te ibas a caer, sabías que te iba a doler, pero también sabías que se iba a curar. Ponías una curita, esperabas unos días, y listo. De vuelta al árbol.
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